Voy a echarme unas cervezas y una cena de abulón. Es un sábado como cualquier otro, el aire ya se siente un poquito más tibio, más de verano, pero el agua esta más fría que nunca por cuestiones del deshielo y las corrientes del norte que por aca entre los cactus parecen fuera de lugar. Vamos por unas cervezas, unas tecates bien heladas. Por alguna razón las cervezas aquí siempre están bien muertas, nunca tibias, nunca medio frías. Después de recoger las chelas pasamos por un abulón a casa de uno de ellos, uno de los de la palomilla de San Carlos, de esos que dicen “Idddddioota” como no lo he oído en ningún otro sitio, hasta diría que ese es su sello de distinción.
Los conocí hace unos meses cuando por azares del destino termine por visitar Puerto San Carlos para ir a un monitoreo de tortugas. La idea era simple, reunir a un grupo de pescadores ilegales, de piratas, de guateros, que ofrecieran sus servicios y sus conocimientos sobre el mar a turistas, en su mayoría extranjeros, que vinieran a la bahía en busca de tortugas, una de tantas especies que viven en la zona. Como resultado, estos hombres tendrían un ingreso fijo que les permitiría de una vez por todas dejar el guaterismo. “Hacer este tipo de trabajo es depredar a lo grande - explica uno de ellos - en todas las pesquerías ilegales, la mejor época es la de reproducción porque es cuando los animales se juntan”. Por ejemplo, las langostas parchadas (langostas hembras que cargan en el pecho miles de larvas) suelen rondar en grupo y cuando la suerte les llega de toparse con una, se pueden sacar varios miles de pesos en pocos minutos.
El viaje fue inolvidable. El grupo de gringos (mas yo) que visitamos el campamento en una isla llena de conchitas, dentro de la bahía, desde donde hacíamos los monitoreos nos fuimos encantados con la experiencia. En ese momento, yo no sabía que estos hombres eran piratas semiretirados. En la vida real no cargan con ningún perico y mucho menos con un parche o una pata de palo, pero en teoría son iguales que los piratas de la antigüedad. Hombres que acechan los mares haciéndose de lo prohibido, en este caso de lo exclusivo o lo vedado. Algunos le llamarían robar, para ellos, la única opción, la vida los arrastró hasta este punto, la necesidad por alimentar a sus familias, y la costumbre de trabajar lo prohibido.
El proyecto con los turistas pareció un éxito. Los hombres estaban convencidos de que dejarían las presiones de su actual trabajo por las mieles de los dólares americanos. Hoy, unos meses después, uno de ellos corta delicadamente tiras delgadas de abulón, luego las golpea con la base del cuchillo y las agrega a un sartén donde ya se doran unas cebollitas. El olor es asombroso, no puedo esperar para saborear este lujo.
martes, 26 de enero de 2010
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